Skip to content

Un secreto
olvidado

Después de haber aprendido sobre la cultura que inspiró a Gabriel García Márquez, entendiendo que Ciénaga fue el centro de su inspiración y Aracataca el lugar que le brindó la magia de sus palabras; esta vez quisimos conocer algo diferente, por lo que nos aventuramos a conocer un destino donde existen dos comunidades con diferentes costumbres y que conviven en un mismo paisaje natural.

En aproximadamente una hora de camino en carro desde Santa Marta, llegamos a un pequeño caserío que recibe el nombre de linderos, ubicado sobre la vía que conduce a La Guajira. Allí nos esperaba Alejo, el profe y guía local, quien nos contó que debíamos cambiar de vehículo ya que solo con camioneta 4×4 se podía atravesar el camino para llegar a Quebrada el Sol.  Al llegar al lugar, Alejo nos contó la historia del proceso de paz que se llevó a cabo en la zona con la desmovilización de los grupos armados, mientras que Agustín (un indígena de la etnia Kogui, también profesor del internado étnico) nos señalaba el camino que conducía a las comunidades encabezadas por los Mamos (líderes religiosos y políticos de la comunidad indígena); durante el trayecto, nos mostró lugares sagrados, casas ceremoniales de hombres y mujeres, al igual que el trapiche donde ancestralmente se extrae el jugo de la caña de azúcar, del cual quisimos probar un poco…

“Nos sentimos acogidos por ellos y su cultura que aprecia lo espiritual por encima de lo material.”

Por su parte, Alejo se encargó de llevarnos al colegio donde asisten niños de las comunidades indígenas y campesinas, quienes, con apoyo de su profe de emprendimiento, aprenden sobre los procesos de plantación, maduración, preparación y producto final del cacao. Ellos se forman como expertos al explicar texturas, colores, olores y sabores de esta semilla.

Al terminar la actividad, fuimos invitados a tomar un delicioso almuerzo en bello sol, una finca donde, usualmente, vivían líderes de grupos armados. Sin embargo, desde hace un tiempo, la casa recibe a los turistas hambrientos como nosotros; por esto, Aneth, una familiar de Alejo, nos dio la bienvenida con los brazos abiertos, nos sirvió mojarra frita con patacones, acompañado de deliciosas ensaladas con aguacate y se sentó con nosotros a contarnos su historia de cómo convirtió una vieja casa en un restaurante.

Después de descansar un poco, nos dispusimos a cruzar el río Don Diego, para bañarnos y refrescarnos del calor que habíamos cargado durante todo el recorrido. Interactuamos con la comunidad Arhuaca, quienes nos dieron, en medio de un ritual, una seguranza (llamados brazaletes de buen augurio) para protegernos en nuestro camino de vuelta. Nos sentimos acogidos por ellos y su cultura que aprecia lo espiritual por encima de lo material.

Camino de vuelta a Santa Marta, pensamos que ese día fue distinto y particular y eso que nos queríamos quedar en la playa. Jamás imaginamos conocer comunidades indígenas vivas y ser testigos de su cultura. Ahora que estamos desde casa, recordamos, con deseos de volver, este pueblo indígena que se mantuvo en las cercanías de ríos con aguas diáfanas y piedras tan grandes como huevos prehistóricos y que convive, en una sincronía inigualable, con una comunidad campesina de diferentes costumbres.

Para vivir estas experiencias y muchas más, consulta las Agencias de Viajes locales.